Nos creemos fuertes. Pensamos que podemos con todo, que no hay barreras en nuestros caminos y, que si confiamos en nosotros mismos, llegaremos a ver esa ansiada luz que nos haga ver que existe algo más fuera de la oscuridad de la que huimos
; que podemos cambiar de la noche a la mañana, que el cobarde se mostrará valiente, y que el débil renacerá más fuerte y capaz que nunca. Nos convencemos de que nuestros demonios pueden morir, que somos capaces de olvidar, que podemos controlar nuestros miedos y que somos los dueños de nuestra vida.
Que pérdida de tiempo.
Nos mentimos a nosotros mismos, y no entendemos que solo nos hacemos daño.
Ni somos fuertes, ni valientes, ni olvidamos, ni nada... Ninguna persona ante la primera adversidad que se le presente se muestra así; nos invade el miedo, las dudas, la soledad, la desesperación, la oscuridad... Pero problema tras problema nos acostumbramos. Acabamos aprendiendo a esquivar estas piedras que encontramos en nuestro camino, o mejor dicho, aprendemos a cargar con ellas.
Nadie se acostumbra al dolor, solo lo acepta y construye su vida incluyéndolo. Nadie consigue olvidar, solo se cansa de llorar y acepta en cierto modo su pasado. Nadie es valiente ni fuerte incondicionalmente, solo fingimos serlo para intentar engañarnos a nosotros mismos y, así, sentirnos algo mejor.
No pienso esconder ni una sola lágrima más, y me da igual lo que tengan que decir de mi, porque no soy valiente, pero tampoco cobarde; no se si he llegado a ser fuerte alguna vez, pero sé que no siempre soy débil; y no pretendo cambiar ni de la noche a la mañana ni nunca si no es por una causa mayor. Soy así: real, persona, de carne y hueso, y tengo sentimientos como todos los demás. ¿Por qué he de esconderlos si todos sabemos que siguen ahí? No te juzgo si no sientes lo mismo que yo, pero aprende a respetar mi dolor, mi alegría, mi enfado, mi conmoción, mi tristeza, mi nostalgia, mi serenidad, mi confianza, mi miedo, mi ilusión; respétame a mi.
Dejemos de aparentar que lo difícil es un camino de rosas, que el miedo ya no nos asusta, que nuestros demonios nunca han llegado a quemarnos o que los recuerdos no se clavan en la memoria. Dejemos ya de aparentar, porque esos continuos silencios son demasiado ruidosos, porque esa sonrisa forzada es solo el reflejo de una cicatriz, porque ese nudo en la garganta nos ahoga y porque esas lágrimas estancadas no nos dejan flotar.
Muéstrate como realmente eres, y acéptalo.
; que podemos cambiar de la noche a la mañana, que el cobarde se mostrará valiente, y que el débil renacerá más fuerte y capaz que nunca. Nos convencemos de que nuestros demonios pueden morir, que somos capaces de olvidar, que podemos controlar nuestros miedos y que somos los dueños de nuestra vida.
Que pérdida de tiempo.
Nos mentimos a nosotros mismos, y no entendemos que solo nos hacemos daño.
Ni somos fuertes, ni valientes, ni olvidamos, ni nada... Ninguna persona ante la primera adversidad que se le presente se muestra así; nos invade el miedo, las dudas, la soledad, la desesperación, la oscuridad... Pero problema tras problema nos acostumbramos. Acabamos aprendiendo a esquivar estas piedras que encontramos en nuestro camino, o mejor dicho, aprendemos a cargar con ellas.
Nadie se acostumbra al dolor, solo lo acepta y construye su vida incluyéndolo. Nadie consigue olvidar, solo se cansa de llorar y acepta en cierto modo su pasado. Nadie es valiente ni fuerte incondicionalmente, solo fingimos serlo para intentar engañarnos a nosotros mismos y, así, sentirnos algo mejor.
No pienso esconder ni una sola lágrima más, y me da igual lo que tengan que decir de mi, porque no soy valiente, pero tampoco cobarde; no se si he llegado a ser fuerte alguna vez, pero sé que no siempre soy débil; y no pretendo cambiar ni de la noche a la mañana ni nunca si no es por una causa mayor. Soy así: real, persona, de carne y hueso, y tengo sentimientos como todos los demás. ¿Por qué he de esconderlos si todos sabemos que siguen ahí? No te juzgo si no sientes lo mismo que yo, pero aprende a respetar mi dolor, mi alegría, mi enfado, mi conmoción, mi tristeza, mi nostalgia, mi serenidad, mi confianza, mi miedo, mi ilusión; respétame a mi.
Dejemos de aparentar que lo difícil es un camino de rosas, que el miedo ya no nos asusta, que nuestros demonios nunca han llegado a quemarnos o que los recuerdos no se clavan en la memoria. Dejemos ya de aparentar, porque esos continuos silencios son demasiado ruidosos, porque esa sonrisa forzada es solo el reflejo de una cicatriz, porque ese nudo en la garganta nos ahoga y porque esas lágrimas estancadas no nos dejan flotar.
Muéstrate como realmente eres, y acéptalo.
Comentarios
Publicar un comentario